La historia del trampolín 

Una de las primeras terapias que recibió Tavi, fue la Terapia de Juego que ofrecen en Alemania los Equipos de Atención Temprana. Esta terapia es estándar para todos los pequeños que presentan por ejemplo trastornos del desarrollo, síndrome de down, autismo, trastorno psico/motor, etc. Es la terapia temporal a la que asisten hasta ser referidos al centro especializado.

Normalmente la terapia era 1:1, solo Tavi con su terapeuta quien intentaba captar su atención por 45min de juego interactivo; a veces lo lograba, otras veces se le hacía imposible.

Un día nos invitaron a participar en sesiones de lo que llamaban “terapia de trampolín”, eran cinco viernes continuos y se trataba de una terapia grupal, tres niños al mismo tiempo. Los tres eran muy diferentes y eso era algo bueno, uno tenía una dificultad motora principalmente, otro tenía autismo de alto funcionamiento y el tercero era mi Tavi.

Los niños debían hacer un circuito que incluía: escalera, túnel, saltar en la cama elástica por dos minutos, luego contar hasta diez, salir deslizándose por el tobogán para dar paso al siguiente niño y esperar su turno nuevamente. Tavi tenía casi tres años y era la primera vez que yo lo iba a poder observar en una dinámica grupal.

Saltar

El primer día, los otros dos niños parecían entender todo perfecto, incluso pensé que tenían tiempo asistiendo a esa terapia, demostraban paciencia a la hora de esperar, seguían las instrucciones perfectamente, estaban involucrados en la actividad y no se desconectaban.

Cuando nosotros entramos, Tavi vio la cama elástica (el trampolín), corrió a montarse, por supuesto por el lado “prohibido”, ya otro niño estaba saltando y como era de esperarse Tavi no obedecía al comando verbal de las terapeutas, me subí yo para agarrarlo y bajarlo a la fuerza, comenzaron la crisis, el llanto, los gritos; yo intentaba actuar natural, intentaba dar la imagen de que podía controlarlo a pesar de que aquello parecía una lucha de pulpos. Bajé a Tavi, intenté distraerlo mientras llegaba su turno; él daba alaridos, yo lo cargaba, lo mecía como bebé, le ofrecía comida, agua, juguetes, cantaba, pero en realidad yo estaba clara de que la forma de detenerlo iba a ser subiendo nuevamente al trampolín o dejando la actividad, yo sólo quería que llegara su turno.

Pasaban los minutos que parecían horas mientras los otros dos niños cumplían perfectamente bien con su actividad; yo no sé de dónde sacaba fuerzas para mantenerlo en brazos con un nudo en la garganta y la duda constante de si él iba a poder entender lo que se le estaba pidiendo. Al llegar el turno de Tavi salía disparado directo a saltar, no tenía interés en la escalera, en el túnel o el tobogán; no le importaba cuando los demás contaban hasta diez como indicador que ya debía deslizarse para terminar. Las terapeutas lo dirigían físicamente en contra de su voluntad por el circuito para intentar que comprendiera la dinámica, pero nada parecía funcionar. Llegaba el momento de dar paso al siguiente niño y eso significaba otra vez subir el nivel del caos.

Así pasaron los cuarenta y cinco minutos, Tavi fuera de control y yo con los brazos debilitados y el nudo en la garganta. Les di las gracias y adiós, ese día nada se habló, yo solo estaba enfocada en ver cómo hacía para calmar a mi pequeña fiera.

Llegó el segundo viernes de terapia y la experiencia fue básicamente la misma, Tavi desesperado por saltar infinitamente y nosotras intentando ayudarlo a entender la dinámica, caos, gritos, etc.

Al terminar ese segundo día la terapeuta me ofreció no continuar con las siguientes sesiones, me dijo que quizás era mucho para él y que quizás mejor era mantenerlo con su terapia regular 1:1.

Yo le dije que por supuesto que no, para mí no había opción, yo quería ver si Tavi lo lograba a pesar de que no tenía mucha esperanza, pero necesitábamos experimentarlo, no podía quedarme con la duda.

Llegó el tercer viernes, yo tenía el nudo en la garganta desde que me desperté, abrí los ojos queriendo que ya el día se acabara. Tavi entró a la terapia, se sentó al lado de los otros niños y estaba sonriente, algo había cambiado.

Le dejaron tener el primer turno, corrió a la escalera, paso por el túnel, comenzó a saltar y a hacer payasadas mientras todos aplaudían (niños, terapeutas y mamás), contamos hasta diez al pasar los dos minutos y Tavi se deslizó por el tobogán riéndose, corrió y me abrazó, se sentó nuevamente en el banquito, movía los pies sin parar por la emoción. Yo no salía de mi asombro y las terapeutas tampoco, algo había cambiado radicalmente, Tavi demostró que entendía la actividad, la disfrutaba increíblemente y más que el hecho de saltar, disfrutaba la mecánica completa, se reía cuando esperaba porque sabía que era lo que todas queríamos que hiciera, estaba realizado.

Tobias, su tutor, siempre me dice que Tavi aprende pasivamente, muchas veces parece que no está prestando atención, parece no estar oyendo o viendo nada de lo que lo rodea, parece no enterarse de lo que sucede a su alrededor; pero luego con un poco de consistencia algo pasa en su cabecita que demuestra repentinamente todo lo que absorbió.

La terapia del trampolín fue el primer ejemplo claro de esto, mientras Tavi pataleaba y luchaba por llevarnos la contraria sin poder controlarse, de alguna manera estaba capturando la idea hasta que estuvo listo para hacerlo evidente.

Las siguientes dos sesiones fueron simplemente increíbles. Tavito se conectó con los otros niños, aprendió a contar hasta diez y era el encargado de contar cuando ya estaba por terminar el turno de los otros. En la mitad de la sesión hacían una “pausa musical” debían acostarse todos en los puffs por un minuto con la luz baja oyendo música clásica, ¡Tavi lo hacía!!! Yo no salía de mi asombro, ¿cómo era posible que se acostaba tranquilo el tiempo requerido sin protestar, sin distraerse?

Yo estaba realizada, feliz de ver a mi bebé aprender, feliz de ver en la realidad lo que significa aquella frase de “todos tienen sus tiempos”.

No creo que la mejor manera de lograr que aprenda algo sea exponerlo a la fuerza e insistir, por supuesto, no lo creo, pero en aquel momento entendimos algo importante.

La terapia del trampolín para mí fue el inicio de muchas cosas, empecé a confiar en Tavi y en creer en su potencial, aprendí a darle tiempo y en no desistir cuando parece imposible captar su atención.

Aprendimos como familia a tomar un aprendizaje y llevarlo a otro contexto, hasta el sol de hoy contamos hasta diez para todo, hasta para pedirle que espere mientras le cepillamos los dientes.

Desde aquella época de la terapia del trampolín yo estoy mentalizada de que lo que a veces parece ir muy mal, que me está generando una carga emocional fuerte, que me exige mucho esfuerzo físico y mental, puede de un momento a otro convertirse en algo positivo, en algo que hace que todo valga la pena; solo dejo que el tiempo y la consistencia hagan su trabajo, puede que a veces no salga perfecto, pero siempre hay que intentarlo, y más importante aún, Tavi necesita repetición y consistencia.

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“Si ellos no pueden aprender de la manera en que enseñamos, quizás debemos enseñar la manera en que pueden aprender”

Rita Dunn / Ignacio Estrada

4 thoughts on “La historia del trampolín ”

  1. Te felicito Naty. Eres grande.

    Enviado desde mi iPhone

    El 14 jun. 2018, a la(s) 7:34 a. m., Crecer contigo escribió:

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  2. Gran parte importante del avance que describes de tu hijo Tavi es por tu perseverancia, fuerzas y ganas enormes de estar ahí apoyándolo y acompañándolo en todo proceso. Eres una súper mamá.

    Liked by 1 person

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